Música, un relato de Laura Gottero

cacho-castana8504Cuando llegás tarde, es viernes y estás cansado/a, a veces no queda otra opción que exponer el hígado en una fonda de Flores, a cambio de un exiguo menú y precios algo discutibles (pero no mucho, dado el remanente de energía con el que se cuenta).

Si bien pensaba que tendría que afrontar: el aceite con el que se fríen los alimentos, la insuficiente ventilación del lugar, la posibilidad de que no hubiera nada de lo pedido por lo avanzado de la noche, la certeza de que caería a regañadientes sobre una milanesa a pesar de mi pretendida renuncia cárnica, la tardanza con la que nos iban a servir en virtud de lo tarde que llegamos, la ensalada mustia que me iba a comer, lo rápido que nos íbamos a ir y lo solos que nos íbamos a quedar en la parte menos glam de Av. Rivadavia, no tuve en cuenta la siguiente variable:

—¿Se escucha, se escucha? Uno, dos, tres, probando.

Un grabador en la estantería del bar (grande como cualquier comedor en un departamento de 2 ambientes), tres grupos de personas que, en sendas mesas, esperaban con júbilo y un pseudo cantante vestido con pantalón náutico (bien ’90) que probaba un micrófono maula que, pese a mis plegarias, decidió funcionar.

La tiranía del cantante de bodegón o fonda se hizo presente en su versión más cruda. Tuvimos que escuchar una selección de Cacho Castaña, Sandro y Nino Bravo, matizada con estribillos escuchados en el programa de Tinelli (uf), la exhibición del hueco donde debería haber un diente —realizada por el artista, a modo de gracia—, la dramatización de un encuentro hot entre el recién mencionado y una señora en llamas que había decidido raptar al cantor (ojalá se hayan ido lejos), una original sugerencia sexual consistente en ubicar el micrófono en diagonal a la altura de los genitales y un estribillo de murga, entonado por una comensal murguera (con todo lo que detesto ese estilo), con la melodía de Café La Humedad.

Encima, los que pagamos fuimos nosotros.

La tiranía del cantante de bodegón, que amerita transformarse en categoría, es una de las plagas que asolan a Buenos Aires de noche. En cada restaurant que parece ameno, familiar y económico, el tercer tenedorazo hambriento sufre el embate de un acorde de guitarra que anuncia la pesadilla. Después de eso, Naranjo en flor a los gritos en el oído, Si te agarro con otro te mato en clave seductoragresiva o Libre a la hora del flan, son sólo formas de un mismo fenómeno espeluznante.

* Publicado en “Insolada. Urbanista desmedida”. La Vaca Mariposa Editora 2011

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