Irse, un cuento de Laura Galarza

Andrea me daba cachetadas en la cara delante de las demás compañeras de secundario. Si bien no era un golpe fuerte de dejarme girando, tampoco era un simulacro. Me pegaba. A veces también patadas en el culo. Llegaba a casa con las marcas de sus abotinados en el guardapolvo. Y por nada. En general sucedía durante los recreos, mientras estábamos en ronda con las otras chicas y viendo pasar a los varones. Andrea se acercaba caminando por los pasillos del colegio, esos de techos bien altos y pisos de mosaicos, mientras sonreía con su mano en alto como diciendo, preparate. Yo no hacía nada. Mi cuerpo en esos instantes previos al golpe era de otro, una marioneta. Algo que se iba de mí muy lejos y flotaba. Las demás, como ella era una especie de líder, abrían el círculo y la dejaban hacer en un ritual parecido al de la horca.

Al finalizar el colegio, el paso obligado en nuestro pueblo era ir a estudiar a Buenos Aires. Y Andrea fue una de las cuatro con las que vivimos juntas en el mismo departamento. Lo único que teníamos en común era que ninguna quería terminar en un pensionado donde las monjas te controlaban los horarios, te cerraban la puerta a las diez de la noche, tenías que comer los guisos que ellas cocinaban y los dormitorios del ancho de un pasillo, eran compartidos. Nosotras manejábamos esa información por las chicas que ya vivían en Buenos Aires y que los fines de semana volvían al pueblo. Así que quizás por primera vez en la vida, con el ímpetu que me daba saberme lejos de mi casa al año siguiente, me puse firme y les pedí a mis padres vivir en un departamento. La exigencia de ellos fue buscar alguien para compartir los gastos porque un alquiler costaba el doble que cualquier pensionado de Barrio Norte. Me puse en campaña y logré reclutar a Andrea y dos chicas más del turno tarde a las que prácticamente no conocía. Pero sus padres eran los únicos dispuestos como los míos a alquilar. Nos mudamos a un departamento de un dormitorio y compramos dos cuchetas en el Tigre.

Para cuando vivíamos juntas en Buenos Aires, Andrea ya había dejado de pegarme. No puedo especificar cuándo ni por qué dejó de hacerlo. Tengo la sensación de que fue de la misma manera que empezó, sin mucha lógica. Y durante el tiempo que duró nuestra convivencia en la Capital ninguna de las dos mencionó lo de los golpes. Como si eso fuera algo del pasado. O más: como si eso nunca hubiese existido. Al final del primer año en Buenos Aires, Andrea se fue. De las cuatro que vivíamos en el departamento quedamos dos. Eso era habitual entre los que se iban del pueblo: volverse porque no se adaptaban. Pero Andrea no dejó de vivir con nosotras por eso. Todo lo contrario. Al pueblo no volvió más. No supimos de su vida hasta el año siguiente en que me llamó la madre para contarme que el departamento a donde se había mudado Andrea sobre la calle Ecuador, se había incendiado. Al parecer ella se había quedado dormida mientras fumaba y al caerse de sus manos, el cigarrillo había prendido la alfombra. Los bomberos tuvieron que bajarla del balcón vecino hasta donde había llegado trepándose. ¿Mirá si se caía?, me dijo la madre por teléfono. Andrea tenía una relación rara con los padres. Había sido de las primeras en tener anorexia cuando apenas se sabía qué era eso. Sólo notábamos que ella estaba cada vez más flaca y que hacía cosas que nos resultaban incomprensibles como partir una galletita en pedacitos y comerse uno por recreo. Cuando cumplió los quince pesaba treinta kilos. La internaron. Salió. Hasta le tuvieron que comprar la ropa en casa de chicos y usaba vestidos nido de abeja con manga abuchonada. Sin embargo Andrea en ese momento se la notaba plena, en ese estado que ostentaba, como de alguien seguro de sí mismo que elegía cómo vivir. Ese mismo año se curó, recuperó su peso y volvió a ser la de antes. En otro momento se le había dado por escuchar todo el día las canciones de El diluvio que viene. Ninguna de nosotras sabíamos de qué se trataba. Andrea sí. Había ido a Buenos Aires y en un fin de semana había visto la obra cuatro veces. Terminaba una función y volvía a entrar a la siguiente. Después anduvo meses durante los recreos con esa música en el pasacaset. Escuchen, decía como si nos estuviéramos perdiendo algo. Y que estaba enamorada de José Ángel Trelles, que le había mandando una carta al teatro y él le había contestado.

El mismo día que la madre de Andrea me llamó por lo del incendio, caminé hasta su departamento que quedaba a unas diez cuadras del mío. Unos metros antes de llegar a la avenida Santa Fe levanté lo vi. En un edificio antiguo, una mancha oscura con forma de lengua de fuego se dibujaba por encima de una de las ventanas. La ventana estaba abierta con los vidrios rotos y detrás, un agujero negro. El balcón era francés, sólo una reja, así que me quedé un rato parada en la vereda de enfrente tratando de reconstruir lo que habría tenido que hacer Andrea para alcanzar el departamento del vecino. Tenía razón su madre, se podría haber matado. Igual no había tenido alternativa porque para cuando se despertó, el fuego la había acorralado. Crucé y me metí en el edificio. Había contado los pisos, era el quinto. Subí por la escalera. A medida que avanzaba, el olor a humo seco se hacía cada vez más penetrante. Al llegar encontré la puerta abierta de par en par. El olor empezaba a cerrarme la garganta. Me asomé. El mismo negro que había visto desde abajo, ahora de cerca se veía más intenso, cubriéndolo todo, paredes, piso y restos de objetos que habían sido de Andrea. Traté de adivinar, una mesa, un sillón, el televisor. Ni bien me pasé la puerta, a un costado se abría la cocina. El único espacio independiente y separado del resto del departamento y donde al parecer el fuego no había llegado. Alcancé a ver sobre la mesada una pila de platos y ollas sucias. En el piso, botellas vacías, diarios viejos, bolsas de consorcio llenas de cosas. Pegadas a la heladera con cinta adhesiva había fotos. No se distinguían con claridad porque estaban achicharradas por el calor, pero igual alcancé a verla: Andrea de perfil con un sombrero, Andrea en un kayak y levantado los remos, Andrea abrazada a un grupo de chicos. Los reconocí. Eran los que venían a nuestro departamento cuando vivíamos juntas. Caían de madrugada con cerveza, fumaban en el living hasta el amanecer y se iban cuando nosotras nos levantábamos para ir a la facultad. Si quedaba alguno dormido tirado sobre la alfombra, y Andrea veía que nosotras empezábamos a pasar camino al baño, los sacudía para que se despertaran y los empujaba hasta la puerta. Después abría las ventanas para ventilar y se encerraba en la habitación a dormir. Dormía vestida con los borcegos afuera de la cama. Cuando llegamos a Buenos Aires ella se había anotado en el curso de ingreso para medicina, pero después de dos meses dejó y empezó teatro. Eso era lo que nos contaba. También que sus padres le habían dado el ultimátum: estudiaba o se volvía. Así que para que le sigan girando dinero, Andrea se anotó en Abogacía y cuando llegaba la época de exámenes, falsificaba la libreta. Durante un almuerzo en el que de casualidad coincidimos todas en el departamento, nos contó entusiasmada los ejercicios de creatividad que hacían en las clases de teatro: te sentaban en una silla, te vendaban los ojos y de a uno se acercaban y empezaban a tocarte. La idea era que vos no podías moverte y cada vez eran más los que se sumaban, hasta que perdías la cuenta de cuántas manos tenías encima.

El problema fue cuando un fin de semana vino a quedarse la mamá de una de las chicas. Nuestras madres se turnaban porque sólo teníamos un sofá cama en el living, menos la de Andrea que no vino nunca. Una tarde que nosotras estábamos cursando, la encontró a Andrea duchándose con otra chica. A la vuelta del viaje, la madre le contó a las demás que al entrar al departamento le llamó la atención la música a todo volumen que llegaba desde el baño. Habían llevado el minicomponente y lo habían apoyado en el inodoro. Entre las madres armaron una reunión y juntas fueron a ver a la de Andrea. Pobre mujer, comentó después mi madre a mi padre durante la cena. Siempre hablaban entre ellos y delante de mí, de cuestiones que me implicaban, como si yo no existiera. Ese día también me enteré que entre los padres habían decidido que Andrea se fuera del departamento. Que era una mala influencia, escuché.

Al año siguiente fue lo del incendio. Te llamé a vos porque sé cuánto te quiere, me había dicho la madre de Andrea al terminar el relato por teléfono. Le prometí que hablaría con ella. Cuando se lo dije, dejó de llorar y me pidió que anotara el número de la tía donde Andrea se estaba viviendo. Antes de cortar comentó que no sabían cómo iban a pagar los daños si el seguro no lo cubría. Porque fue una negligencia y no un accidente, dijo.

Con Andrea quedamos en encontramos en un bar cerca de su casa quemada. Desde la ventana que daba a la calle la vi venir riéndose con una chica. Me pregunté si sería la misma de la ducha. Se despidieron en la puerta. Andrea estaba muy diferente a la última vez, llevaba el pelo oscuro y corto cuando siempre había sido rubia de pelo largo. Y alta, la mejor rematadora del equipo de vóley. Cada vez que saltaba cerca de la red los del bando contrario ya sabían lo que se venía. Además usaba unos shorts muy cavados para la época, unos que se pusieron de moda años más tarde, que dejaban parte de los cachetes de la cola afuera. El entrenador nunca puso una objeción porque ella era la mejor jugadora que tenía.

Cuando Andrea entró al café y se fue acercando a mi mesa, noté con mayora claridad su cambio. El pelo teñido cortado carré, los ojos con sombra oscura y ropa estilo hindú. El día que se fue del departamento nos había dicho que no nos guardaba rencor, que nos entendía. Son ellos los que no entienden nada, agregó.

-Qué hacés – dijo, unos pasos antes de llegar a mi mesa.

Y después ya parada a un costado, mirándome desde arriba y así como así, como un mago que saca algo de su galera, dijo:

-¿Te acordás cuando te pegaba?

No supe qué decir. Y entonces ella se acercó como para sentarse, y yo instintivamente tiré el cuerpo hacia atrás como hacía antes de recibir sus golpes. Fue casi imperceptible. Pero Andrea lo notó y se puso seria de repente.

-Nunca entendí por qué te dejabas pegar.
-Yo tampoco – dije.
-¿Vos estás bien? – siguió preguntando con un interés que me pareció verdadero.

Y por primera vez en mucho tiempo pensé en eso. Y pensé que no. Que no estaba bien. Que lo que estudiaba no era lo que quería, y que no me animaba a plantearlo en casa por miedo a que me obligaran a volver. Y yo no quería volver. Entonces sin haberlo imaginado, empecé a llorar. Andrea estiró su cuerpo por encima de la mesa y me consoló.

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